Razones por las que nunca deberíamos dejar de escuchar a The Doors

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A más de tres de siglos después de su muerte, William Shakespeare canta rock. Conocido también como “El Bardo” y considerado el escritor más importante en lengua inglesa de todos los tiempos, Shakespeare está presente en las canciones de bandas y solistas de rock emblemáticos tales como The Beatles, Pink Floyd, The Rolling Stones y por supuesto, The Doors. ¿La razón? El también dramaturgo inventó más de mil 700 palabras inexistentes en el inglés hasta antes de sus relatos.
Autor de más de 30 obras teatrales, 150 sonetos y cuatro obras líricas, Shakespeare no perdió ni un segundo y orientó sus esfuerzos a escribir tanto como fuera posible. No obstante, con frecuencia llegaba a un punto en el que ningún vocablo existente lo convencía para describir la idea que tenía en mente, sin vacilar, maquinaba una palabra nueva.
Entre las más de un millar de palabras que inventó (adjetivos, sustantivos, verbos y adverbios incluidos), destacan nombres como Jessica, Miranda o Roseline. Además de términos como gossip (chisme), dawn (amanecer), unreal (irreal), o addiction (adicción). Ésta última, utilizada comúnmente para referirse a la música de una de las bandas emblemáticas del rock durante la década de los 60 y parte de los 70: The Doors.
Integrada por Robby Krieger, Ray Manzarek, Densmore y Jim Morrison, The Doors se convirtió en uno de los máximos exponentes de la música psicodélica junto a agrupaciones como Grateful Dead o Pink Floyd, por mencionar algunas. Sin embargo, pese al nacimiento de nuevas agrupaciones, así como tecnologías digitales para crear nuevos estilos de música, el legado de la banda procedente de Los Ángeles continúa inamovible en el corazón y la cultura musical de millones de personas alrededor del mundo, sin importar la edad, el género o la nacionalidad.
Las nuevas generaciones, en su mayoría, asumen que la música comenzó en los pasos de baile de Michael Jackson o los reverberantes acordes de melodías como ‘R U Mine’, ‘When The Sun Goes Down’, ‘Someday’ o ‘Heart In A Cage’ de grupos como Arctic Monkeys o The Strokes, pero no es así.
El dada rock –esa expresión acuñada por quienes han intentado referirse a ese tiempo de guitarras y bajos de sonidos psicodélicos– es tan sólo un intento desesperado de entender un fragmento de aquel ambiente musical que, en menor o mayor medida, ha formado a más de uno. No obstante, la vivencia sonora emanada por The Doors requiere de una apreciación más allá del cambio de horario y el avance de los calendarios.
La experiencia que despierta la música es individual, por ese motivo es que los géneros musicales tienen inclinaciones tan diversas. No obstante, el rock proveniente de los 60 y 70 siempre ha sido tomado como un punto de referencia al hablar de la evolución de un género con amantes o detractores pero jamás con un público indiferente. Sus rasgos distintos no daban lugar para ejercer la expresión “oídos sordos”.
Característico por el aullido de guitarras eléctricas y efectos frenéticos, el rock huía de los insensibles tecnicismos y se internaba en las profundidades de un catálogo hecho de emociones. Con “Riders On The Storm”, “Light My Fire”, “Love Me Two Times” o “Roadhouse Blues”, The Doors entendió lo que significa existir por encima de cualquier canon artístico.
Basta escuchar a todo volumen ‘Break On Through (To The Other Side)’ para regresar a la vida cualquier cuerpo sin necesidad de reanimarlo como lo haría un médico. Esa desmesurada armonía entre las guitarras, el órgano y el aterciopelado groove de los platillos funcionaba (y aún lo hace) como el perfecto alivio contra la incomprensión de los días y su derroche de semblantes entristecidos.
El estilo de The Doors se convirtió en una fuerza telúrica y original. Nunca trató de imitar el marcado sonsonete de grupos como The Beatles o el exquisito transcurrir de piezas como “Shine On You Crazy Diamond” de Pink Floyd. No. Morrison y compañía se concentraron en el estallido de una música capaz no sólo limpiar las puertas (en alusión al verso del poeta William Blake, de donde se inspiraron para obtener el nombre), sino de derribar todo a su paso porque, de acuerdo con el propio Morrison, la percepción tiene que ser abierta y no sólo conducida.
La instrumentación era expresiva porque uno de sus objetivos era construir puentes. Con el andar de las décadas vino también un interés por cambiar la música, porque los sonidos están asociados con roles de personalidad de sociedades que nunca terminan de evolucionar. Motivo por el que la oleada de nuevas generaciones, han encontrado en The Strokes, Artctic Monkeys o Franz Ferdinand (conocidos también como “La Santa Trinidad del Rock”) un sonido para su nueva identidad.
Las descalificaciones, los gestos de mamonería infundada no se hacen esperar, pero todas esas expresiones provienen de aquellos que nacieron en una época ya construida musicalmente. La muestra reside en todas aquellas bandas que determinan su estilo alrededor de propuestas presentadas hace más de tres décadas. El diálogo con las situaciones del día a día, la crudeza de las letras o la pasión como un destello más en la sonoridad de esta banda, hacen del Rey Lagarto y su corte, un punto cardinal en la historia musical de todos los nuevos músicos.
Escuchar una canción con la huella The Doors es respirar el aroma del jazz, el soul y un blues en complicidad perfecta para hacer de cualquier melodía una postal histórica que retrata a la guitarra como reina y señora de un momento en el que los poetas y hechiceros de ritmos eléctricos gobernaban el mundo de los sueños a través de una nota.
Hace más de tres siglos, William Shakespeare contribuyó su propio idioma. Las palabras que inventó han permeado no sólo en la literatura, sino en el teatro, el cine y la música. De la misma forma hablar de rock es también aludir a The Doors, al universo formado por “El Rey Lagarto” el cual carece de razones para dejar de ser escuchado, al contrario, deberá seguir sonando porque su música nació sin fecha de caducidad.

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